-¡No puedes llamarme por accidente! El cielo no se equivoca, yo no me equivoco, ¡soy tu ángel de servicio y me llamaste ayer! -exclamó el ser celestial, con una voz que resonaba como un eco suave, mientras agitaba los brazos en un gesto teatral, como si eso pudiera aclarar la desconcertante situación.
La luz que emanaba de sus alas era sutil, casi etérea, como el reflejo del amanecer sobre un lago tranquilo. Sus ojos, de un azul profundo que parecía contener el cielo nocturno, se clavaron en Harry con una mezcla de incredulidad y exasperación. Cada palabra que salía de sus labios tenía un peso, como si el simple acto de hablar fuera sagrado.
Harry parpadeó, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Su mirada se deslizó por el rostro del ángel, notando el leve brillo en su piel, los rizos castaños que caían suavemente sobre su frente, y ese aire de solemnidad que lo envolvía como un manto invisible.
-¿Ángel de servicio? -preguntó Harry finalmente, con sincera confusión. Su ceja izquierda se arqueó ligeramente, reflejando la incredulidad que sentía. A pesar de las extrañas circunstancias, su tono permanecía curioso, casi cauteloso.
El ángel, que había estado flotando a unos centímetros del suelo, descendió con un suspiro prolongado. Se llevó una mano al puente de la nariz, presionándolo con los dedos como si intentara aliviar un dolor de cabeza invisible.
-Oh, por todos los cuatro benditos cielos... -murmuró, dejando caer los hombros en un gesto de resignación.
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Harry no puede dormir. Su mundo está desordenado, lleno de noches en vela y pensamientos que lo ahogan. En medio de ese caos, accidentalmente llama a Louis, un ángel del Cuarto Cielo, donde habitan los ángeles de servicio, dedicados a guiar y proteger a las almas en la Tierra.
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