Dicen que el amor verdadero te eleva. A mí me destruyó. O mejor dicho: me reconstruyó a fuerza de ruinas. Cuando supe que era mi llama gemela, lo sentí como una epifanía. El universo entero parecía susurrarme que lo nuestro era destino. Pero nadie me advirtió que incluso las almas destinadas a encontrarse pueden no estar listas para quedarse. Que a veces el fuego no calienta, sino quema. Y ardí. Ardí hasta las cenizas. Fue entonces cuando subí a mi torre. No para esconderme, sino para encontrarme. Para escucharme. Para dejar de mendigar amor y comenzar a darme el trono que siempre postergué. Y en el silencio de esas paredes altas, entre espejos rotos y pedazos de mí, descubrí algo que ni él ni nadie había visto: una mujer que no necesita salvación, sino poder. Hoy, no espero que nadie venga a rescatarme. Hoy, soy la emperatriz de mi vida. Y esta es mi historia.
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