Todo lo que nos pasa deja una marca, no hay vuelta que darle. Venga en forma de palabras que se nos quedan trabadas en la garganta, silencios que te aprietan el pecho o despedidas que nunca terminamos de asimilar: al final, todo eso resuena y termina cambiándonos de punta a punta.
Esta historia no la empecé yo, aunque hoy me golpee fuerte acá adentro. Empezó con ella: con Rosario. Se fue demasiado pronto, y su ausencia se hizo lo más real que tengo; su voz que no escucho más me obligó a ponerle el oído a todo aquello que por miedo me hice la vista gorda durante años.
Cuando abrí su diario, se me cayó el mundo encima. Me di cuenta que nunca la conocí de verdad: detrás de esa sonrisa perfecta se escondía un abismo que yo, por cobarde, nunca quise mirar. Ahora cada página con su letra temblorosa es pelearle al olvido. Es intentar armar el rompecabezas, no para buscar respuestas fáciles, sino para saber qué se ocultaba detrás de tanto silencio.
No es solo nuestra historia. Es la de todo lo que nos toca, que se nos queda pegado y que por más que pase el tiempo, no se va a ningún lado.
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