Se conocían, a una agradable distancia que los volvía inalcanzables.
Aquella luz brillaba sola, asustada, completamente ciega a la sombra que siempre la acompañaba.
En esa tarde de otoño, en que las cadenas se rompieron, el viento frio anunciaba, que un nuevo camino aparecía.
La pequeña luciérnaga necesitaba volver a brillar, y buscar su propio lugar para iluminar;
y él buscaba alcanzar, aquella pequeña luz que no podía tocar.