Si hay algo peor que una pesadilla es que esa pesadilla se repita. Y entre
nuestros peores sueños, los de todos, pocos producen más angustia que un
niño desaparezca sin dejar rastro.
Eso es precisamente lo que ocurre al principio de esta novela: en un centro
comercial, en medio del bullicio de una tarde de compras, un depredador
acecha, eligiendo la presa que está a punto de arrebatar.
Esas pocas líneas, esos minutos de espera, serán los últimos instantes de paz
para los protagonistas de una historia a la que los calificativos comunes,
«trepidante», «imposible de soltar», «sorprendente», le quedan cortos, muy
cortos.
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