El silencio en Shadow era más pesado que nunca.
No se oían campanadas, ni rezos, solo el viento helado recorriendo las calles adoquinadas.
La iglesia permanecía cerrada desde hacía semanas; las puertas, selladas con tablones clavados en cruz. Nadie entraba, nadie salía. Entre los tantos desaparecidos se hallaba el padre Isaac. Algunos decían que huyó, otros que lo habían encontrado arrodillado frente al altar, con los labios cosidos y los ojos arrancados. Pero nadie se atrevía a comprobarlo.
El castillo, en la colina, respiraba. Sus muros ennegrecidos parecían palpitar bajo la luna, como si algo hubiera despertado en sus entrañas.
De Noa West, apenas quedaban rumores. Los ancianos murmuraban su nombre en las esquinas, con miedo a pronunciarlo en voz alta. Había quienes juraban haberlo visto deambular por las calles al caer la neblina y otros, en cambio, aseguraban que había muerto en el juego, que su cuerpo era uno de los pocos que jamás se recuperó.
Nisha Connor era la única que aún caminaba con paso firme entre esas calles, buscando el hilo que conectaba años de maldición.
La noche que todo pareció volver a empezar fue igual a cualquier otra: neblina densa, faroles apagándose, murmullo de rezos en cada casa. A las doce en punto un olor metálico recorrió el pueblo, junto a una notificación.
Cientos de teléfonos vibraron al mismo tiempo, con un único mensaje.
"Bienvenido al juego"
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