Hay tinieblas que no nacen de las sombras. No por penuria de sol, sino por haber sido expulsadas a golpes. En la Universidad Olmelas, bajo el suntuoso barniz del conocimiento y la excelencia, brotan malvas entre grietas de mármol. Allí, donde la tiranía se hereda como una enfermedad venérea, vaga Blade: una criatura partida en mil pedazos por dentro. Implora justicia como quien solloza sobre el sepulcro de una madre muerta: con fe inútil y ternura suicida. Anatema procura rehacer una existencia pisoteada por el yugo impío de su tierra. Ha aprendido a encubrir sus cicatrices tras una sonrisa dulce y liviana, un disfraz de regocijo en medio de un mundo devorado por la ceniza y la rigidez. Una cadena de asesinatos estilizados, obras macabras que evocan lo sagrado y lo santo, invade la ciudad. Arrastrados por memorias hechas trizas y la voz sibilante de Murumuru -un ente que quizá sea trauma o algo peor-, deberán mirar a los ojos al monstruo y preguntarse si, en algún momento, fue la sociedad la que le enseñó a matar. Y tal vez la pena capital no recaiga en el verdugo... sino en aquel que cometió la osadía de sobrevivir.
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