
-Corre. Corre hasta que tus pulmones ardan y te duela respirar. - Dije con una lágrima deslizándose por mi mejilla. - Y cuando tus piernas fallen y sientas que no puedes dar un paso más, recuérdame y sigue corriendo hasta que estés a salvo. Ella me besó, pero ese beso era diferente. Sí, sentí esas mariposas a las que ya me había acostumbrado. Sí, sentí esa corriente que sólo aparecía con ella. Pero, este beso no me hacía querer gritar de felicidad, este beso me hizo querer encerrarme en su pecho y llorar hasta quedarme dormido por el latido pausado de su corazón; porque sabía a miedo, a dolor y a despedida. Y yo no quería despedirme de ella, no ahora, no nunca.Todos los derechos reservados
1 parte