Lucas tiene marcas en la espalda y en el alma. No recuerda cuándo aparecieron, pero sabe que no fueron un accidente. Sus recuerdos son fragmentos que regresan cuando el silencio pesa demasiado, siempre acompañados por una sensación de obediencia mal entendida. Hay sacrificio, hay desobediencia, y algo que nunca termina de enfrentarse a nombrar. Vive con la certeza de estar pagando por un error que no recuerda haber cometido. Cumplir con lo que su padre espera de él se siente como la única salida: ganar la batalla, recibir la recompensa y convertirse en alguien temido. No para demostrar su poder, sino para convencerse de que todavía no ha cruzado el límite... o de que lo cruzó hace tiempo.