En las páginas oscuras de Belfort, donde el miedo se esconde a plena vista, tres nombres quedan marcados por la sangre: Lucas, el exnovio consumido por la culpa silenciada; Lauren, la amiga obligada a sostener la fachada de la normalidad; y Savannah, la narcisista que se convierte, a la fuerza, en estratega.
Ellos son el centro de un juego que no pidieron jugar.
La brutalidad desatada no es aleatoria, es personal. A medida que el asesino -un fantasma que se mueve sin voz y golpea sin piedad- comienza a acosarlos, el trío debe unir sus fragmentos rotos y desentrañar los oscuros motivos de su implacable perseguidor.
Cada pista es una trampa. Cada paso en falso puede ser fatal.
En esta odisea mortal, las vidas son la moneda de cambio y la verdad se oculta tras capas de engaño y desconfianza. El asesino conoce sus miedos, sus debilidades, e incluso sus secretos. Los desafíos son mortales, el precio por ganar es incalculable, y el reloj avanza hacia la siguiente víctima.
El pueblo de Wilson es tranquilo, regido por sus costumbres y creencias religiosas muy estrictas, donde Leigh ha crecido, siguiendo cada regla y pauta como se le ha indicado. Un pueblo donde no se recibe con mucha gracia a los recién llegados así que cuando Los Steins se mudan a su lado, Leigh no puede evitar sentir curiosidad.
Los Steins son adinerados, misteriosos y muy elegantes. Lucen como el retrato perfecto de una familia, pero ¿Lo son? ¿Qué se esconde detrás de tanta perfección? Y cuando la muerte comienza a merodear el pueblo, todos no pueden evitar preguntarse si tiene algo que ver con los nuevos miembros de la comunidad.
Leigh es la única que puede indagar para descubrir la verdad, ella es la única que puede acercarse al hijo mayor de la familia, el infame, arrogante, y frío Heist.