El golpe final resonó seco.
El hacha se hundió en el cráneo y lo partió con un chasquido breve, casi íntimo. El cuerpo cayó sin peso. El leñador permaneció de pie unos segundos más, respirando con dificultad, con la sangre y los restos esparcidos por su piel descubierta, mezclándose con el sudor y el polvo.
No celebró. No dijo nada.
Solo cuando el silencio volvió, giró la cabeza.
Ella estaba apoyada contra el árbol, pálida, temblando, con las manos aún levantadas como si el peligro no hubiera terminado.
-¿Estás bien? -preguntó él.
Su voz no buscaba gratitud. Era una comprobación. Una necesidad.
Ella lo miró.
Vio el arma manchada. Vio el cuerpo a sus pies. Vio la violencia todavía viva en sus brazos. Pero también vio algo que no había visto en semanas... tal vez en años.
Alguien que no huyó.
Alguien que eligió quedarse cuando hacerlo era una condena.
Sus ojos se abrieron un poco más. No sonrió. No habló.
Entendió.
En un mundo donde los vivos mataban por elección, acababa de encontrar a otro ser humano.
Y eso no era esperanza.
Era una amenaza mucho más peligrosa.
All Rights Reserved