Alex y Mero tienen diecinueve años y vidas que, en apariencia, podrían considerarse normales. Ambos estudian, respiran, sobreviven. Pero hay algo en ellos que nunca encajó en el mundo común.
Alex heredó de su madre un don que pronto se convirtió en condena: puede ver y hablar con los muertos. Desde niña aprendió a convivir con susurros que nadie más escucha y miradas que nadie más percibe. Para sus amigos, es inestable. Para su entorno, exagerada. Para los muertos... necesaria.
Mero, en cambio, heredó algo más oscuro. Mientras duerme, su cuerpo deja de pertenecerle. Bajo la piel humana se esconde otra forma: un demonio de ojos completamente blancos, nacido de una sangre que su padre le transmitió sin pedirle permiso. Cada despertar es una incógnita. Cada noche, una amenaza.
Cuando ambos son reclutados por la Academia Usomía, descubren que no están solos. La institución no es una escuela común, sino un refugio -o una prisión- para criaturas y humanos con habilidades que el mundo rechaza. Allí, las hadas no tienen alas ni brillo: son mujeres de rostros deformes que se alimentan de los sueños infantiles. Los hombres lobo no aúllan a la luna románticamente; son cuerpos desbordados de pelaje y garras capaces de desgarrar piel sobrenatural. Los vampiros no son amantes eternos, sino hermosos cascarones cuya apariencia es apenas un anzuelo.
Entre esas paredes antiguas rige una norma absoluta: los estudiantes no pueden atacarse entre sí. Quien rompa la regla no solo será expulsado, sino condenado a una sentencia peor que la muerte, ejecutada por los Altos Mandos, la casta que paradójicamente representa la forma más frágil de humanidad.
En Usomía, la magia no es un regalo. Es una deuda.
Y tanto Alex como Mero están a punto de descubrir que sus maldiciones no fueron un accidente... sino una preparación.
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