Dos semanas llenas de preocupación, constantemente en el hospital. Ir y venir en un pasillo sin escapatoria, pero no solo de lo físico, también de mis pensamientos. De mis recuerdos.
Al verlo cruzar la puerta de la habitación corriendo, me quedo inmóvil, por un segundo siento que mi corazón se detiene, estoy respirando con dificultad. Pero aun así, me obligo a pensar que todo está bien.
Tiene los ojos muy abiertos cuando se acerca y me dice la noticia. Estoy sorprendida, y no noto cuando mis piernas automáticamente están arrastrándose hacia su habitación. Siento girar la manija de la puerta debajo de mis dedos, y me apresuro a entrar, entonces los veo. Se encuentra acostado en la camilla de hospital, aún con los cables y tubos sobre el pecho y el rostro. Los pitidos también siguen ahí, pero hay algo diferente, sus preciosos ojos gris-azulados brillan como nunca antes. Ha despertado.
Lo miro, y él me devuelve la mirada. No puedo estar más feliz en este momento, y lo primero que mis labios logran articular en un débil susurro es - "Despertaste".
Él sin vacilar, pero con un susurro rasposo y entrecortado responde -" No te
librarás de mi tan fácilmente".
¡PROHIBIDO ADAPTACIONES!
Prólogo
Bip, bip, bip...
Ese extraño sonido hacia que me palpitara de dolor la cabeza, si había una palabra que me describiera en esos momentos la indicada seria adolorida, oh espera había otra, desorientada.
Abrí lentamente mis ojos, la claridad de la habitación me inundo inmediatamente, una punzada de dolor justo a mi cabeza. Lo intente nuevamente parpadeando repetidas veces, y poco a poco me fui acostumbrando a la luz.
A mi derecha se encontraba la maquina que emitía los pitidos, mi brazo izquierdo tenía varias agujas y mi brazo derecho estaba enyesado. Lo extraño era que solo me dolía la cabeza.
No recordaba que había pasado conmigo, y porque me encontraba en el hospital. Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta quejándose con un chillido mientras era abierta. Por esta entro un hombre alto, mayorcito de algunos cincuenta y tantos años, con el cabello blanquecino hasta la raíz.
-Buenos días señorita Wilson -saludo cortésmente y se acerco a mi camilla-. Soy Sebastián, seré su neurólogo mientras este en el hospital.
-¿Neurólogo? -dije. Mi voz salió ronca y pesada. Necesitaba un poco de agua, hasta ese momento no me había dado cuenta lo sedienta que estaba.
Sebastián leyó mis pensamientos y me sirvió un poco de agua de la jarra que estaba en mi cómoda del lado derecho de la cama.