Ella le vendió su alma al diablo hace tanto, que olvidó cuando fue la última vez que siento arder su corazón en profundo amor. Él se entregó al dolor y dejó que la idea de morir se adueñara de su vida. Es un muerto viviente qué convive y que camina. A ambos los unirá aquello que ni el dolor ni el odio puede acabar, el infinito deseo de probar la carne bendita. El pecado divino, la sed que nunca se sacia ni se quita.
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