"Caminaba jadeante, tambaleante de un lado a otro, pareciendo soportar a cada paso la agonía y el peso que tuviese que soportar aquel famoso titán, que sobre sus hombros sostenía la bóveda celeste, con respiración entrecortada y dificultosa, sus fuerzas le abandonaban diametralmente su cuerpo, cada instante le anunciaba insidiosamente el final de su agonía y de su dolor inmesurado, era una noche maldita y desbordada de malignidad, la lluvia envejecida, enrarecida y aletargada caía sobre el pequeño puente retorcido que con cada paso entorpecido y doloroso dejaba tras de sí, entonces vislumbró de entre las ramas de enredaderas y matorrales una tenue, marchita, amarillenta y esquirlada luz, era de lámpara, artificio de mente humana, era la única luz además de la perteneciente a seculares y antiquísimas lumbreras celestes de pasados tan remotos como la vida misma de la tierra, pero no daba dicha luz conforte alguno o sosiego, si no que parecía señal de malos augurios, pero que otra cosa desafortunada o maldita podría pasar ya, que otro desgraciado e infortunado acontecimiento se podría añadir a los que ya habían ocurrido, aun así una fuerza desconocida le impelía a seguir, avanzar sin motivo aparente, con su brazo izquierdo destrozado, con laceraciones y hematomas evidentes que marcaban su cuerpo por completo y que se volvían arcanos a la vista en cierta forma por la sangre que teñía sus destrozadas ropas, agotado, mas muerto que con vida, visiblemente perturbado y ensimismado en pensamientos profundos y de tono más oscuro que el mismo manto nocturno que le rodeaba, solo pensaba en sobrevivir, pero sobrevivir solo lo suficiente, para así asegurar que su vida no fuese un sacrificio desperdiciado, vivir el tiempo suficiente para asegurar que aquel mal eterno durmiera otra vez y no quedase en libertad. "
Nadie elige a quién recuerda el alma... pero el alma sí recuerda a quién amó.
Desde que tenía memoria, Mitea supo que no era como las demás. Su reflejo en el espejo le devolvía una mirada demasiado antigua para una niña de nueve años. Tenía el cabello rubio como la luz del amanecer y unos ojos grises, tan intensos y penetrantes como el filo de una tormenta. Esos ojos no eran de una niña: eran de alguien que ya había vivido demasiado.
Creció junto al coronel Christopher Morgan, como una sombra que no lo abandonaba. Siempre a su lado, siempre atenta. Mitea no necesitaba preguntarle nada: lo conocía mejor que él mismo, como si su existencia girara en torno a protegerlo... o recordarlo.
-¿Por qué siempre estás con él? -le preguntó una vez Luisa, intrigada por su devoción silenciosa.
Mitea solo sonrió con esa expresión misteriosa y fría que la volvía aún más inquietante.
-Porque no lo voy a perder dos veces.
Había cosas que nadie sabía. Como el hecho de que Mitea soñaba con fuego cada noche. Con un lugar destruido. Con gritos. Con el corazón de alguien que se apagaba lentamente en sus brazos.
En esos sueños, ella no era una niña. Era una mujer rota. Era otra persona. Era alguien que había amado con tanta fuerza... que el universo le dio una segunda oportunidad para nacer.
Sabrina la odiaba en silencio. Y Mitea devolvía ese desdén sin pestañear. Rachel, por su parte, le despertaba algo distinto. Tal vez desconfianza. Tal vez celos. O tal vez un eco profundo de algo que la niña aún no sabía cómo explicar.
Porque en los recuerdos de su alma, Rachel también estaba ahí.
Ahora, Mitea ha vuelto. En un cuerpo nuevo. Con una misión aún no dicha. Rodeada de personas que no saben quién fue... pero que pronto recordarán lo que ella nunca olvidó.
Y Christopher...
Christopher la mira sin saber por qué a veces siente que la conoce de otra vida.
Pero lo sabrá.
Todos lo sabrán.
Y entonces comenzará el verdadero juego.