Cinco maldiciones
Solo otra historia de México como un niño mimado que huye y vuelve como revolucionario que cree poder contra todo.
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En tiempos donde el oro hablaba más que la sangre, muchos jóvenes habitan los pasillos del viejo palacio de la Corona. No eran príncipes, pero lo parecían. No eran hermanos, aunque la historia los ataba.
México era el heredero: un omega criado para obedecer y sonreír, sin saber que el fuego bajo su pecho no era miedo, sino ansias de romper la jaula. Caminaba entre tapices y crucifijos como si entendiera su sitio, aunque cada paso era una falta. Rebelde en silencio, solo obedecía porque aún no sabía cómo desobedecer.
Argentina, el alfa de voz dulce y manos crueles, vestía blanco como los santos pero hablaba con la lengua de los condenados. A México lo odiaba por su risa, por sus temblores, por existir.
Chile era el fuego que no se calla. Un alfa que reía cuando el mundo sangraba, que susurraba bromas con olor a pólvora. Si Argentina golpeaba, Chile aplaudía. Y cuando México tropezaba, él lo ayudaba... pero solo para volver a verlo caer.
Colombia, lector y testigo, era un beta que parecía no pertenecer allí. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, las palabras bajaban la fiebre del aire. Era la tregua breve antes de que el caos volviera a rugir.
Y luego, estaba Perú. Nadie lo veía. Nadie lo nombraba. Un omega sin corona ni cadena, que caminaba por las sombras con los ojos abiertos. Cada secreto que los demás creían oculto, él ya lo sabía. No quería gloria. No quería poder. Solo sobrevivir.