Después de perder a su madre, Mew se queda con un vacío que ni el tiempo ni las palabras logran llenar. A su alrededor, todos intentan consolarlo, pero nada llega realmente a él, hasta que Gulf, su compañero más silencioso y distante, se sienta a su lado.
No le ofrece consejos. No le habla del dolor. Solo lo acompaña.
En ese silencio compartido, nace algo inesperado. Una conexión tenue, casi invisible, que empieza a crecer sin pedir permiso. Mew no sabe por qué, pero cuando Gulf está cerca, el mundo duele un poco menos.
Lo que comenzó como un gesto de compañía se transforma lentamente en algo más profundo. En medio del luto, el amor encuentra su forma más honesta: sin palabras, sin promesas, solo dos corazones aprendiendo a latir juntos.
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