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WpMetadataNoticeLast published Thu, Oct 14, 2021
Veo a un niño vestido de blanco sonreír desde la escalera, hacia mi ataúd. La vida está pintada de esperas. Como cuando me dijiste que me querías, pero te fuíste.
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Dicen que hay heridas que sanan y otras que simplemente se transforman en cicatrices invisibles, marcas que llevan el eco de un tiempo que, a veces, preferiría olvidar. Pero, por alguna razón, cada uno de esos recuerdos sigue ahí, palpitante, como si el pasado reclamara su lugar en cada pensamiento que intento dejar atrás. Primero estaba él... con sus ideales y promesas que en su momento parecieron llenarlo todo, hasta que descubrí que su amor por el poder era más grande que cualquier promesa susurrada a medianoche. Después, la amiga que creí eterna, la que llegó a convertirse en una hermana, con secretos compartidos y sonrisas cómplices... hasta que el amor y la ambición torcieron su camino y el nuestro. Y finalmente, aquel otro. Nunca imaginé que encontraría en él algo más allá de miradas pícaras y sonrisas despreocupadas. Jamás pensé que esa sensación extraña que tenía al verlo se convertiría en un deseo de pertenencia, en un anhelo que crecía sin permiso, convirtiéndose en algo más profundo. Fue mi refugio cuando las sombras me alcanzaron. Con él, todo parecía tener sentido... hasta que el mundo comenzó a derrumbarse otra vez. Sé que las decisiones que tomamos nos moldean. No sé si algún día dejaré de buscar en mi reflejo a la persona que fui antes de que el mundo cambiara, pero sí sé que ya no tengo miedo. Porque el dolor me enseñó a ser fuerte, la traición me enseñó a confiar en mi instinto, y el amor... el amor me enseñó a ser libre.

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