El no necesitaba ser salvado, tarde lo entendí. Crei estúpidamente que yo podría salvarlo. Que podría ayudarlo a salir del agujero negro en el que el se encontraba.
Era tan ingenua, tan optimista que por un momento pensé que me agradecería se enamoraría de mi, y seríamos felices como en los cuentos de hadas.
Yo quería mi final feliz, y lo quería con él. Estaba segura que al final del día me miraría a los ojos, me sujetaría la cara y me besaría como solo el sabría hacerlo.
Tenía tanto solo veinte años cuando lo conocí, ahora miro mi reflejo en el espejo y desearía con toda mi alma regresar el tiempo y no a verme cruzado con el en aquel corredor.
Y ahora estoy aquí, destruida en todos los sentidos.
El problema es que estoy cegada por el amor que le tengo, está obsesión es tan enferma que me aterra; lo amo con toda mi alma que no diviso un futuro sin que él esté. Es estúpido me hace tanto daño. Pero cuando sus ojos color océano colisionan con el gris de los míos, se que todo estará bien.
Mika Muller, llegó en mi peor momento y lo acepte pensando que sería lo mejor de mi vida. Sin saber que en un futuro sería mi destrucción.
Te imaginé tantas veces,
en mis noches rotas,
como la princesa que esperaba
en una torre hecha de odio y fuego.
Y yo... el guerrero,
el que cruzaba desiertos de sangre
para salvarte.
Pero no eras tú la que necesitaba ser salvada.
Eras tú quien sanaba.
Con manos pequeñas,
con mirada azul como el cielo que nos negaron,
con voz de hogar en medio del infierno.
-Fuiste más valiente que yo -te dije-
mientras el mundo callaba.
Fuiste tú quien me rescató
del abismo en el que yo mismo me arrojé.
Y tú me miraste
con ternura de antaño,
como si aún fuéramos niños,
como si nunca nos hubieran quitado
la inocencia.
Y por un instante,
en tus ojos volvió a nacer la luz.
Esa que arde
-no para destruir-
sino para recordar
que el amor,
como la libertad,
arde en silencio...
pero nunca muere.