
De cómo encendiste mis miedos, matando mis ganas; cómo me abrasaron tus manos, me quemó tu mirada; me tuviste encendida en tu pecho y, finalmente, soplaste mi silueta. Ahogaste mis cenizas y, aunque arda, me siguen doliendo tus brasas. // Poemas idiotas, de una idiota sin remedio.Alle Rechte vorbehalten