La cabaña de Angelica en Santa Lucía vibraba con el calor del verano. Las ventanas abiertas dejaban entrar la brisa marina, pero nada podía calmar el ardor que crecía entre ella y Luis. Angelica, con su cabello negro cayendo en cascada sobre sus hombros bronceados y curvas que
parecían talladas por el deseo, lo miraba desde el borde de la cama. Luis, con su torso musculoso brillando bajo la luz de las velas y unos ojos que prometían perder el control, dio un paso hacia ella.Sin palabras, angelica se puso de pie, su camisón de seda resbalando hasta el suelo, dejando al descubierto sus pechos firmes y la curva suave de sus caderas. Luis gruñó, un sonido profundo que hizo que el cuerpo de angelica se estremeciera.
La atrajo hacia él, sus manos fuertes recorriendo su espalda mientras sus labios se fundían en un beso feroz. Sus lenguas se entrelazaron, y Emilia gimió suavemente, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su excitación.-Te quiero ahora -susurró ella, mordiendo su labio inferior.Luis la levantó con facilidad, sus manos bajo sus muslos, y la llevó contra la pared de madera.
En esa posición, con las piernas de angelica envolviendo su cintura, comenzaron a moverse juntos, sus cuerpos chocando con un ritmo urgente. Los gemidos de Angelica resonaban, agudos y desesperados, mientras Luis la sostenía con fuerza, cada embestida haciéndola arquear la espalda.
Ansiosa por más, Angelica lo empujó hacia la cama. -Ahora en cuatro -jadeó, posicionándose sobre las sábanas, sus caderas elevadas, invitándolo. Luis se colocó detrás, sus manos aferrando las caderas de ella mientras entraba con un movimiento lento y profundo.
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