Danza para matar; Danza para amar
8 partes Continúa Contenido adultoDanza para matar; Danza para amar
-una frase, dos pulsos, un destino dividido entre el filo y el fuego del corazón.
Es el arte ancestral de moverse entre la muerte y el deseo, una coreografía trazada con los hilos invisibles del alma y los instintos más oscuros. Cada paso es una contradicción: una caricia que degolla, una estocada que arde como un beso. Esta danza no se aprende, se despierta; no se ejecuta, se encarna. Quien baila así se convierte en un umbral viviente, en un umbral peligroso, donde lo bello puede matar y lo letal puede amar.
La "Danza para matar" no es torpe violencia ni mero acto de destrucción: es precisión estética, crueldad elegante, una forma de justicia sin redención que se desliza como una daga entre las costillas del alma. El cuerpo se vuelve arma, sí, pero también juicio, sentencia, poesía en movimiento. No hay grito ni súplica que pueda romper su ritmo; no hay víctima que no caiga hipnotizada ante su sublime horror.
Pero en el mismo movimiento, en el mismo giro letal, se esconde la otra mitad del conjuro: la "Danza para amar". No es ternura pasiva, ni entrega dócil; es pasión que consume, que reclama, que transforma. Es amar como se posee una tormenta, como se contempla una llama sin temor a quemarse. Es el arte de envolver, de fascinar, de desarmar al otro no con espadas, sino con la pura intensidad de un latido sincopado.
Porque quien danza para matar puede mirar a los ojos de su presa y ofrecerle placer en lugar de perdón. Y quien danza para amar, lo hace con la misma fuerza con que podría arrancarte el corazón, si tan sólo lo deseara. Es un solo baile, en dos formas. Una misma alma en guerra consigo misma.
Una mujer, un asesino, un amante, un dios... cualquiera que cruce este umbral aprenderá la verdad final:
que matar y amar, en el lenguaje del cuerpo y del alma, son sólo dos nombres para una misma música.