Ambos llevaban vidas completamente diferentes, pero había algo en el espíritu de ambos que era similar: una necesidad profunda de libertad y un deseo de desafiar las expectativas que el mundo les imponía. Álvaro, el príncipe que vivía con sus propias reglas, estaba destinado a un trono que no deseaba completamente. Siempre buscando una manera de escapar de las cadenas invisibles que su linaje le imponía, prefería el riesgo, la pelea y las aventuras a la vida segura dentro de los muros del castillo. Ana, la mujer que había aprendido a sobrevivir con su ingenio, manejaba su destino como podía en una ciudad donde todo tenía un precio. A pesar de los estigmas que cargaba, ella se mantenía firme, con una actitud desafiante ante la vida que le había tocado vivir. Sabía que los hombres que llegaban a la taberna solo la veían como una mercancía, pero ella jugaba con esa percepción, utilizando su coquetería y su inteligencia para mantenerse siempre un paso adelante.
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