Breathe

Breathe

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WpMetadataNoticeLast published Mon, Jan 5, 2015
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Non-Fiction
23:51 Miraba el reloj con impotencia pues no podía parar el paso de los minutos. La tormenta se oía de fondo como si de una música relajante se tratara. Para ella lo era, pues la tormenta la resguardaba en su pequeño piso a salvo mientras durara con tanta intensidad. El sonido de un enfurecido trueno la saca de su ensimismamiento al escuchar un suave lloro proveniente de la cuna de madera al otro lado de la habitación. Con calma se levantó del hueco entre la ventana y la cama de matrimonio desecha y caminó descalza por la moqueta que a un guardaba minúsculos trozos de vidrio de lo ocurrido la semana pasada. Su suave y aterciopelada voz acalló el quejido envolviéndolos de nuevo en un silencio con la tormenta de fondo. La mirada de la mujer se paseó por la habitación hasta dar con el viejo tocador en la esquina contraria. No se reconocía a si misma frente al espejo parcialmente fragmentado, las marcas oscuras bajo sus ojos y su evidente cansancio mostraba a una mujer en sus cuarenta cuando apenas y acababa de cumplir treinta, sus ojos bajaron a su cuello y la parte de la clavícula que la ropa dejaba ver, suaves moratones morados apenas imperceptibles bajo el maquillaje salpicaban su pálida piel. Sintió una vibración en el bolsillo delantero de su pantalón, él le había mandado un mensaje, ninguna otra persona poseía su número. 23:57 "No me esperes despierta, estoy reunido. No abras a nadie, si lo haces ya conoces las consecuencias." Su respiración se atascó en su garganta a la vez que sus ojos se humedecían y sus dientes mordían su labio inferior ya reseco. Sabía en que consistían sus reuniones, lo descubrió una noche en la que en su ingenuidad fue a llevarle algo de comer por si le daba hambre, en ese entonces apenas y comenzaron a vivir juntos, no vio venir la verdadera personalidad de él. Guardó de nuevo su móvil y observó la tormenta, esta terminará tarde o temprano pero en su casa seguirá habiendo tormenta. De momento, todo lo que podía hacer era respirar.
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La puerta se cerró con un leve chasquido, pero el verdadero estruendo fue dentro de mí. Ella no tenía derecho a estar aquí, pero tampoco tenía derecho a mirarme así, con esos ojos encendidos, esa boca entreabierta que suplicaba ser poseída. -Sabes que esto es un error... -gruñí, sintiendo mi control desmoronarse. Ella no respondió. Solo dejó caer su chaqueta, deslizándola por sus hombros hasta el suelo. Debajo, su piel brillaba con la tenue luz de la habitación, su respiración entrecortada, sus pezones endurecidos bajo la tela fina de su blusa. Mierda. Mis músculos se tensaron, mis puños se cerraron. Pero cuando sus manos trazaron un camino ardiente sobre mi abdomen, la bestia dentro de mí despertó con hambre voraz. -Ahora soy tuya, mi general -susurró contra mi oído, con la voz más pecaminosa que había escuchado jamás. No hubo vuelta atrás. La empujé contra la pared, atrapando sus muñecas sobre su cabeza mientras mi boca reclamaba la suya con fiereza. Su lengua se enredó con la mía en un beso feroz, húmedo, insaciable. Desgarré la blusa, arrancando el sujetador sin importarme nada más que sentir su piel contra la mía. -Vas a recordarme cada vez que respires -gruñí contra su cuello antes de hundirme en él con besos y mordiscos. Ella jadeó cuando mi lengua descendió, jugando con sus pezones, devorándolos hasta que su espalda se arqueó en un gemido desesperado. Sus uñas se clavaron en mis hombros cuando la levanté en brazos y la lancé sobre la cama. La despojé del resto de su ropa en segundos, besando, lamiendo, mordiendo cada centímetro de su piel hasta que su cuerpo se retorcía bajo el mío. Cuando mis labios encontraron su centro húmedo, gritos ahogados escaparon de su boca. La sostuve contra el colchón mientras mi lengua la desarmaba, mientras su cuerpo se estremecía una y otra vez con orgasmos tan intensos que apenas podía respirar. Pero no había terminado con ella.

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