¿Es esto lo que realmente quiero? ¡Vamos, tienes que responder! Deja de pensar tanto, deja de sobre analizar las cosas. ¡Vamos, sólo hazlo! ¿A quién engaño? Está claro lo que quiero; pero y ¿si salgo lastimada?, ¿si no soy lo que él espera?, ¿si los dos salimos decepcionados?
-Tu sabes bien que no creo en el amor -digo apenas en un susurro y con mis ojos a punto de soltar lágrimas. Él se acerca un paso más juntando su frente con la mía y tomando mis manos entre las suyas.
-Yo tampoco... -me dedica una sonrisa y continúa- pero creo en el brillo de tus ojos cuando estamos juntos, creo en esa sonrisa tan grande que no se apaga mientras hablamos y hablamos, creo en esa corriente eléctrica que mi cuerpo siente cada vez que me rozas... creo en lo que me haces sentir y sé que tu te sientes igual.
Bajo mi cabeza y las lágrimas caen... todo es verdad. Él lo sabe, yo lo sé y, no creo valga la pena seguir tratando de ocultar esto cuando él siente lo mismo por mi.
-Dame... solo dame una oportunidad -le escucho decir. Sonrío sin levantar mi rostro y por más que me esfuerzo en hablar, no soy capaz de mencionar ni una palabra así que, solo asiento y asiento y asiento.
-¿Sí? ¿Eso es... eso es un sí? -dice y es ahí cuando volteo a verlo y lo miro justo a los ojos; él hace lo mismo. Poco a poco su sonrisa pasa de una sonrisa tímida a una de una felicidad inmensa y eso me contagia, después se encarga de desaparecer los pocos centímetros que nos separaban y, dulcemente, deposita un beso en mi frente.
Abbie tiene un problema y la solución está en la puerta de al lado.
¡Ella no ha hecho nada malo! Sin embargo, su excompañera de hermandad la ha puesto en un aprieto en donde su futuro universitario pende de un hilo.
Con el tiempo corriendo, pánico y una mejor amiga experta en dar soluciones, Abbie explora las opciones, pero no tarda en darse cuenta de que Damiano, el frío jugador de hockey y su ceñudo compañero de piso, es la respuesta.