AGÍTANOS
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WpMetadataReadComplete Wed, Mar 16, 2022
Así es la vida. Los caminos se bifurcan y los corazones vuelven a latir. El mundo sigue como si nada hubiera pasado, como si nada se hubiera despedido. Tú y yo abrazándonos por primera vez. En aquella cama. En aquel momento. Nos quedamos en una parte de la historia, congelada en el tiempo. Donde todo sigue siendo igual que antes, pero ya no aparece en primer plano. Donde me besas como lo hacías, pero ya no puedo sentirlo. Las historias y las personas que una vez fuimos se quedan ahí. Allí. En esas realidades paralelas repitiéndose en bucle. El amor se queda ahí, repitiéndose en bucle. Los besos en la frente se quedan ahí, repitiéndose en bucle. Y nadie puede entrar otra vez en ese trozo de historia que se repite cada vez. Porque él ya tiene sus protagonistas y sus momentos. Ya ha acabado. Permanece así, preciosamente doloroso. Pasado. Es como una bola de cristal con nieve dentro, que a veces tu cabeza recuerda. Haces que se mueva y parece real. Y por un instante todo vuelve a tener movimiento. Y observas cómo cae hasta que vuelve a quedarse quieta otra vez. El mundo está lleno de bolas de nieve de decoración y los corazones están llenos de bolas de nieve de recuerdos. ¿Sabes?, es algo normal. Así que, aunque aún duela, te diré algo: es un placer haber congelado todos esos momentos contigo. Pero así es la vida. Los amores acaban y sus protagonistas continúan. Es algo normal. Si algún día nos buscas, agítanos. Siempre estaremos allí. Aunque la nieve se haya derretido por completo.
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Cuando el mundo se detuvo, fue como si el tiempo también olvidara moverse. Las calles quedaron mudas, los calendarios dejaron de importar, y la rutina, esa vieja y ruidosa compañera, fue reemplazada por un silencio espeso. No sabíamos si llorar por el caos o agradecer por la pausa. Fue entonces cuando muchas vidas colapsaron... y otras, inesperadamente, comenzaron. Ahí, entre días idénticos y noches insomnes, nacieron espacios nuevos. Espacios para mirar hacia dentro, para descubrir lo que no habíamos tenido tiempo de sentir. Algunos encontraron refugio en libros, otros en la cocina, otros en conversaciones que jamás habrían sucedido si el mundo no se hubiera derrumbado. Fue así como se conocieron X e Y, lanzando fichas sobre un tablero virtual, intentando distraer al destino... sin saber que ya estaban siendo jugados por él. Uno de ellos ostentaba el título de presidente -no de una nación, sino de sus propias convicciones. Firme, exigente, de ideas estructuradas como discursos bien escritos. El otro, en cambio, parecía improvisar la vida como si fuera una melodía en constante cambio, con la risa a flor de piel y el alma encendida por el arte. El tablero de parchís fue la excusa. Lo demás... simplemente pasó. Una mirada imaginada, una frase cruzada, una canción compartida que decía más de lo que el corazón podía soportar en voz alta. Y sin darse cuenta, el encierro no los apartó del mundo. Los encerró juntos, en otro mundo más íntimo. Más honesto. Más peligroso. Porque no siempre lo que está bien es lo que se siente bien. Porque las emociones, cuando no caben en la razón, buscan salir por otras grietas: los gestos, las risas, los silencios, los recuerdos. Esta no es una historia común. No lleva etiquetas ni necesita pronombres definidos. Es la historia de una conexión que nació del caos, que creció entre dilemas, y que aún hoy arde -como un susurro que no se olvida- en la memoria de quienes se atrevieron a jugar.

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