Diario de una Campesina

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Una mujer siempre ha querido tener un final feliz y casarse con su "Príncipe azul", y yo no soy la excepción. Inicios de la edad media, castillos, príncipes y princesas. Un reino con 4 posibles herederos y una campesina huerfana de madre con dos hermanos menores y un padre inválido. Yo, una campesina de 20 años, cazadora y negociante por necesidad. Francisco, un príncipe de casi 21 años, introvertido en ocasiones, risueño, coqueto y apasionado en las sombras. Esta es la historia medieval entre dos viejos amigos que se conocieron por casualidad y se enamoraron bajo circunstancias difíciles: un príncipe no puede desposar a una plebeya, y menos si se trata de una campesina. Los cuentos de hadas mencionan un "y vivieron felices para siempre" pero la realidad es otra, y yo la contaré...
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Halfway

Si le preguntamos a todas las mejores amigas del mundo un deseo, responderían que desearían vivir juntas, pues bien, ese sueño era mi realidad. Como todas las niñas del mundo nosotras teníamos nuestros secretos y una gran promesa que alimentábamos diariamente de ilusiones, casarnos con nuestros ídolos musicales. En los cuentos que leíamos de pequeñas la princesa siempre pasaba por cosas trágicas antes de encontrar el amor, por ese motivo Ari y yo creíamos que nuestro príncipe se acercaba cuando nos rompimos una pierna patinando, o cuando se torció el tobillo en una carrera de caballos, pero a no ser que el príncipe azul se llamara Augusto, tuviera 60 años, pelo en las orejas y llevara una gran bata de médico, pues la vida no consideraba aquello como algo exactamente trágico... ese significado lo descubrí yo tiempo después. Pero cuando lo hice no hubo ni castillos, ni zapatos de cristal, y mucho menos un príncipe que me salvara de aquel vacío desolador e irreparable. Fue entonces cuando entendí que esos libros que aún conservaba estaban llenos de historias fantásticas y que en la vida real no todo termina con un "fueron felices por siempre". Sin zapatos, castillos ni ilusión solo me aferraba al recuerdo de la promesa de un amor platónico, aquello me ayudaba a mantenerme con los pies en la tierra que, dicho sea de paso, era muy lejos de donde estaban muchas personas de mi vida.

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