Mi Musa
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Sueño con tocar tu piel. Sentir ese calor que emanas al momento de amar. Deshacernos de esas capas que estorban el tacto tan íntimo de ambos. Palpar con mis besos esos pilares que te sostienen, guardianes de cuyo tesoro aguarda en lo secreto. Embriagarme de tu aroma, destilando pasión. De sucumbir al probar tus mieles. De sentir con mis labios cada parte de ti. De estrujarnos en un fuerte abrazo. Pecho contra pecho. De probar esa boca con la que tanto he anhelado enredar mi lengua con la tuya. Sentir tus uñas recorriendo mi espalda al tiempo que sientas mi amor, mi calor, mi lujuria dentro de ti. Escuchar lo mucho que añorabas estar conmigo. Ver tus ojos al momento de explotar con la corriente que nos sorprende al terminar el frenesí de pasión. De escuchar un gemido en forma de estruendo, gratificando así nuestra faena llena de amor. Eres mi fantasía más anhelada
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Cautelosa, así es como solían describirme, una mujer recelosa pero decidida, con una visión clara de lo que quería. No desperdiciaba mi tiempo en cosas inciertas; la mujer que nunca se dejaba llevar por impulsos, la que sabía cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio gobernara. Estas fueron las frases con las que a menudo me elogiaban, asegurando que eran cualidades excelentes, pero yo lo llamaba de otra manera. Cobarde, sí, esa definitivamente era una palabra perfecta para describirme. Tenía un pacto no escrito con la rutina, y la monotonía era mi fiel compañera. Porque la emoción, señores, no es una chispa inofensiva; es un sendero de gasolina esperando la llama que lo encienda todo. Y el fuego... lo odio. Lo temo. Porque ya lo sentí en la piel. Ya bailé al compás de sus lenguas abrasadoras, y cuando terminó, me dejó hecha cenizas. Y ¿saben qué? Fui una estúpida. Pensé que vivir en la seguridad de lo predecible me salvaría. Que si mantenía el ritmo lento y apagado, las llamas no volverían a alcanzarme. Qué ingenua. Lo que nadie te dice es que la rutina es un bosque seco, acumulando suspiros sin pasión, y el aburrimiento, un polvorín esperando una chispa minúscula para devorarlo todo. Y así fue. Evitando el fuego, caminé directo al infierno. Qué irónica es la vida; evitaba el fuego y terminé encontrándome cara a cara con el mismísimo infierno.

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