PREFACIO
Paredes viejas de concreto nos escondían de los ojos vigilantes, camuflaban sus infames actos, sentenciaban mis pecados. Escuchar el eco de sus risas era la única prueba de que seguía consciente, despierta por fin después de tanto tiempo siendo noqueada para de recabar toda la información posible sobre mí, incluso la que nada más Dyeutat tenía, lo cual me hizo dudar:
«¿Acaso La Cátedra había descubierto el engaño detrás de mi supuesta muerte?»
Si era así, no tenía manera de comprobarlo, mis ojos nublados me impedían reconocer los rostros de mis captores; además, estaba deshidratada mareada. La sangre seca, hecha costra sobre mis muslos, me asqueaba. Mi salada cara gracias al sudor y las lágrimas derramadas ardía con cada golpe. Sus miradas pesaban, me aplastaban con la presión de mil atmósferas. Mi desnudez dolía, helaba. Estaba totalmente destrozada. Podría haber pasado un mes o un día y no habría notado la diferencia, mi única certeza era lo mucho que anhelaba que terminara ese sufrimiento, esperaba que en cualquier momento se sobrepasaran y acabaran con la agonía que me estaban haciendo pasar; pese a ello, jamás rogué, me quejé lo mínimo, aguante cada tacto, cada abuso. Les había demostrado que no me doblegaría ante ellos sin importar lo que hicieran y aquello debió haberles calado, pues en el aire se sentía su odio hacia mí, era obvio que había agotado su paciencia, incluso podía respirar mi muerte y no tuve objeción alguna. Cómo dije ya, eso era lo que más deseaba.
-¿Que deberíamos hacerte ahora? -me preguntó, burlándose, uno de los tantos hombres que estaban allí.
-Hagas lo que hagas, no vendrá nadie por mí, -esbocé una sonrisa torcida emulando su tono de voz- soy pésima como carnada.
-¿Y quién dijo que eras la carnada?
Sus carcajadas fueron lo último que escuche antes de desmayarme.
Vivir a medias basados en el conformismo muchas veces eso no es vivir, perdemos los días con la esperanza de que estamos haciendo lo correcto y que para los ojos de las personas es aceptable... pero nos estamos olvidando de lo más importante del vivir: Saberse libres.
Tenía apenas diecisiete años cuando mi vida se transformó para siempre, sin darme cuenta fui perdiendo lo que más me importaba con el pasar de los años, todo cambió... yo cambié. Ahora simplemente no me reconozco, veo mis manos, mi cuerpo, toco mi rostro, mi cabello y parecen ser los de alguien más; y es que cuando entregas todo por amor simplemente te quedas vacía y marchita por dentro. Me enamoré de él sin siquiera sospechar de lo que se avecinaba, tan ingenua como siempre.
Ahora los días han dejado de significar, se han vuelto eternos, las horas insufribles, los minutos un tormento y los segundos mi propio infierno... He tenido de sobra para pensar en mi vida, mi patética vida. He tropezado y me he levantado... vuelvo a caer y con cada tropiezo me vuelvo más débil... hay días en los que dejo que mi mundo se venga abajo y la soledad, mi fiel compañera, tome posesión de mi cuerpo, dejándome embriagar por sus palabras y dejando que fluya en mi interior.
Dicen que el tiempo puede sanar las heridas. Pero lo que no nos dicen, es que las cicatrices siempre nos recordarán el pasado, que la sensibilidad esquiva el razonamiento y éste, a su vez, desgasta la entereza... Dicen que de todo se aprende, pero cuanto daría por qué no siempre las lecciones fueran tan dolorosas.
Nota: este libro es totalmente mio, producto de mis días felices y tristes.