En un mundo donde la risa de los niños es solo un recuerdo que se ahoga entre los escombros, Alexei creció bajo un cielo sin estrellas, en ruinas donde la esperanza fue la primera en morir. Su juventud nunca existió como la de los demás. No hubo cumpleaños con velas, ni tardes de juegos. Hubo sangre. Silencio. Y gritos que no eran suyos, pero que lo habitaron desde entonces. Tenía apenas nueve años cuando el mundo se partió en dos: antes del brote... y después del brote. Desde entonces, fue criado por la necesidad, no por el amor. Su educación fueron las balas y el hambre. Sus juguetes fueron cuchillos oxidados. Su única compañía: la soledad, y un diario al que a veces le hablaba como si pudiera responderle. Hoy, Alexei ya no sabe cuántos años tiene. Los días son repeticiones, y los espejos solo muestran a un extraño. Aún es joven, pero su mirada envejeció antes que su cuerpo. A veces recuerda fragmentos de lo que pudo haber sido: una bicicleta, una madre que lo abrazaba, una noche sin miedo. Pero todo eso se siente como si lo hubiera vivido otra persona. Ahora, camina con una mochila al hombro, una cicatriz cruzando su ceja, y una sombra permanente en la mirada. Un joven que no tuvo derecho a ser niño. Que aprendió a sobrevivir en vez de vivir. Que, en lugar de crecer, se rompió. Y que en su silencio, aún se pregunta si algún día podrá sentirse humano otra vez.
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