Te vi entre estanterías, bajo luces cálidas y ojos esquivos. Cargabas libros y silencios, pero yo supe -sin saber- que ahí empezaba algo. No dijiste mucho, pero reí con tus bromas tímidas, sentí el calor en tus dedos al pasarme el lápiz, como si el invierno de Londres se rindiera solo contigo cerca. Caminamos avenidas sin rumbo, donde el río nos reflejaba sin máscaras, sin ruido. Café en mano, preguntas al viento, y el peso dulce de lo que éramos cuando nadie miraba. Me quedé cuando dijiste que te dolía. Me quedé cuando te alejaron. Y cada noche, entre sábanas y risas, descubrí que el amor también se escribe sin promesas grandiosas, solo con constancia. Entre libros, cafés y días grises, nos leímos lento. Y Londres, testigo de todo, nos ofreció hogar en su acento ajeno. Ahora somos página subrayada, cita al margen, el epílogo y también el prólogo, de esta historia que aún escribimos con el mismo lápiz.
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