El mismo tren, el mismo horario, la misma hora entera de viaje.
Todas la mañanas, a las 7:20 a.m, tomaba el mismo tren que me deja en el centro de la ciudad de Madrid. Para, de esta forma, poder llegar a las 8:30 a.m a mi lugar de trabajo. ¿La verdad? Ser asistente de la señora Jacobs, dueña de una marca de diarios reconocida a nivel Nacional, no era uno de los mejores empleos. Es decir, era bien pagado y te abría muchas puertas en el mundo del periodismo, pero esa mujer era simplemente agotadora. Lograba hacerte perder la paciencia en solo segundos. Ponía todo patas para arriba y luego se pasaba el día en su oficina pidiendo café y otros caprichos. Sin embargo, era una de las mujeres más sabias que conocía. Ella sabía que mi sueño era lograr ser periodista titular de la sección de Policiales de su diario. Por esta razón, me había ofrecido el empleo. Prometiéndome hacerme crecer en el mundo del periodismo. 
Pero esta historia que les quiero contar hoy no trata sobre diarios, sobre la señora Jacobs o sobre estúpidos sueños de periodismo. Sino, que es la historia de como conocí a aquel muchacho de ojos verdes que se robó mi último suspiro.
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