Creíamos que el mundo nos pertenecía. Éramos los arquitectos de nuestra propia ignorancia, caminando bajo la luz del sol sin sospechar jamás que, justo debajo de la realidad que nos construimos, se extendía un reino de sombras que nos observaba desde el principio de los tiempos. Las historias de dioses, demonios y depredadores ancestrales eran solo ecos borrosos en nuestros libros de historia; mitos reconfortantes que nunca esperamos ver alzarse contra nosotros.
Pero la guerra nos obligó a abrir los ojos. No fue una lucha por territorio, sino una colisión contra verdades que habían sido enterradas para relegarnos al olvido. Descubrimos, con horror, que nuestra civilización no era más que un patio de recreo para fuerzas que no comprendíamos, entidades que nos consideraban ganado en su propio juego cósmico.
Esta historia es el soneto de nuestra caída, el relato imperecedero de la noche en que la luna se oscureció y el cielo mismo pareció llorar nuestra extinción. Fue el momento en que el silencio se impuso; un silencio espeso que sepultó ciudades enteras y nos obligó a mirar al abismo de nuestra propia fragilidad.
Sin embargo, frente a la extinción, nuestra efímera vida humana dejó de ser un simple suspiro en el tiempo para convertirse en algo más grande. En las ruinas de nuestra soberbia, descubrimos nuestra verdadera esencia. Demostramos que, incluso ante la amenaza de razas superiores que se creían dueñas de nuestra sangre y nuestro destino, el corazón de los hombres guarda un valor indomable; una chispa de honor, sacrificio y coraje que ni siquiera la muerte, en su forma más cruel, puede llegar a borrar.
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