La batalla contra Madara no era solo el cierre de una guerra, era el último obstáculo que separaba al mundo de una paz largamente esperada. Por fin podrían dejar atrás las pérdidas, el dolor, los sacrificios... o eso creían. Porque Madara no había venido para perder. Lo que él quería no era victoria: era negación absoluta. No permitiría que nadie celebrara. No dejaría que la esperanza sobreviviera.
En medio del campo desgarrado por jutsus y fuego, Naruto, el rubio que se había convertido en símbolo de resistencia, apenas podía mantenerse en pie. Su chakra se desvanecía como ceniza al viento. Lo único que lo impulsaba era el deseo de que, al final, sus amigos pudieran sonreír sin miedo.
Pero el destino tenía otros planes.
Con un rugido de poder, Madara lanzó un golpe devastador, uno que no solo rompió el aire... sino que casi rompió a Naruto. Su cuerpo fue lanzado lejos, como si el universo mismo lo rechazara. El silencio que siguió no fue de calma, sino de peligro.
Tsunade, al verlo caer, sintió cómo el tiempo se detenía. No pensó. No dudó. Solo actuó. Sacrificó su última carta: un jutsu ancestral, prohibido por generaciones. Era un poder que ni siquiera los más sabios de su clan se atrevían a usar. Pero ella lo hizo. Y con ello, cambió el curso de lo que estaba por venir.
Porque esa noche, en medio del caos, alguien eligió romper las reglas por algo más grande.
Y en esa decisión... nació algo que ni Madara pudo anticipar.
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