El valle de Altagracia era un mar de viñedos que, bajo el sol implacable de agosto, relucían como esmeraldas líquidas. Todo ese horizonte verde pertenecía a Ascian Melburner. A sus treinta y cinco años, era un hombre forjado en la rectitud del campo y el silencio de las casonas de piedra. Su nombre inspiraba respeto y, en algunos, un temor reverencial. Era, en esencia, un hombre de tierra y raíces.
En el extremo opuesto del espectro emocional se encontraba Elena Vernon. Elena no era de tierra, sino de aire y pigmentos. Sus manos siempre estaban manchadas de azul de Prusia o siena tostado, y su mente habitaba en las vanguardias de la capital, lejos del polvo y las tradiciones arcaicas de su familia. Para ella, el campo era una jaula de oro; para él, era su razón de ser.
El destino, o más bien las deudas de juego y la mala administración del padre de Elena, los encadenó. Un contrato firmado entre copas de coñac selló la suerte de ambos: la pureza del apellido Vernon y el talento de Elena a cambio de la solvencia económica que solo la fortuna de Melburner podía ofrecer
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