Park Jimin. Así era su nombre, y uno muy bonito. Tal y como lo era él.
Pero no era mío. No como tal, no como quise que fuera.
A veces era de todos y a su vez, era de nadie.
Era un milagro y también una maldición.
Hubo muchas partes esparcidas de Jimin en esta vida. Y yo las conocí a todas.
Y en todas me enloquecí. A todas las disfruté.
Y en todas me perdí.
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