Durante el siglo XVIII, el mundo de los castrati estaba en su más grande apogeo. ¿Quién no había escuchado de Carestini, Senesino, Guadagni, Bernacchi, Caffarelli...? Incluso España contaba con el gran Farinelli dentro de su corte real.
"Il Zingarello" era otro de los favoritos en ése mundo caótico, lleno de colores, perfume, grandes telones, olanes y música que parecía escrita para dioses.
Sólo que "Il Zingarello" no era como los otros castrati, lo tenía todo y al mismo tiempo sentía que no tenía nada, sentía que no pertenecía a ninguna parte. Y por si fuera poco, cargaba un secreto que nadie debía saber o todo lo que él pretendía ser se iría abajo y con él toda su carrera y renombre.
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