Habían aprendido a odiarse con el uniforme pegado a la piel, con el humo de la guerra durmiendo entre los dientes. Pero el encierro volvió tibias las miradas; las manos dejaron de ser armas y comenzaron a reconocerse como si siempre hubieran pertenecido allí. Uno escapó una madrugada, dejando apenas el eco de misericordia. Y el otro lo buscó en cada brindis, en cada bandera levantada después de la paz. Años más tarde, entre antiguos líderes y copas de cristal, volvieron a encontrarse. Y en medio del salón lleno de ruido, la guerra entera se rindió otra vez ante sus ojos.
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