Conejillos De India

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WpMetadataNoticeÚltima publicación sáb, feb 11, 2023
-Asi que ¿acepta que asesino a más de treinta niños?- Pregunto el oficial Blade con una mirada de odio profundo. -No- sentenció la pequeña pelinegra con voz neutral. -¿No?- insistió el oficial un poco irritado. -No fueron más de treinta niños- el susurró de la pelinegra apenas se escuchó, pero fue claro y seguro- Fueron nueve niños en total. El oficial Blade la miro confuso, y apretó los labios con molestia. -¿nueve niños?- dijo el oficial Blade- ¿Que hay con la máscara? -¿Que máscara- pregunto la pelinegra bruscamente. -La máscara la encontramos en el lugar de los hechos- informó el oficial de compañía- Una máscara de un conejo blanco, la evidencia dice que la sangre de esa cabaña coinciden con la sangre que había en la máscara. La niña de cabello negro miró con una mueca tensa a los dos oficiales, los miraba con una mezcla de no saber nada y saber absolutamente todo. -Yo no uso una máscara- comentó la pelinegra como si del tiempo hablara- Mi cara es digna de que la vean cuando acabe con sus insignificantes vidas. Los dos oficiales se quedaron completamente mudos, fríos y tensos, intercambiaron una mirada y pusieron unas pastillas amarillas en la mesa. -Toma, para que duermas bien está noche- dijo el oficial Blade con una mueca de incomodidad. La niña asintió con la cabeza y tomo tres y se las metió a la boca seguido de un gran trago de agua. La niña se recostó en la cama de sábanas moradas, dormiría por lo máximo cinco horas. Tras cerras los ojos por unos dos minutos, los oficiales salieron de cuarto tras apagar la luz y cerrar la puerta. Tras unos cinco minutos la niña se levantó de la cama, se acercó al embase grande que tenía escondido y puso dos dedos dentro de su garganta, tras vomitar las tres pastillas amarillas, tomo el cuchillo del segundo cajón y salió de la habitación. -Que empiece el juego-la niña sonrió con cinismo y se aventuró al despacho del orfanato.
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El espejo del baño siempre había sido mi confidente silencioso. Me devolvía una imagen familiar, la de una joven con una melena castaña brillante y unos ojos enmarcados por pestañas largas y oscuras. Era mi reflejo, mi ancla en un mundo a veces caótico. Pero últimamente, ese reflejo comenzaba a desdibujarse, a mostrar pequeñas imperfecciones que antes no estaban allí. Unos pocos cabellos de más en el lavamanos después de peinarme. Una ligereza extraña al mover la cabeza. Luego vinieron las noches en vela, la sensación punzante en los ojos al despertar, la acusación injusta lanzada en medio de la confusión de una fiesta. Pequeños incidentes aislados, como motas de polvo flotando en el aire, aparentemente insignificantes por sí solos. Pero ahora, al mirar hacia atrás, una sombra comienza a extenderse sobre esos recuerdos, tiñéndolos de un significado siniestro. Como si esas motas de polvo fueran en realidad esporas de un hongo oscuro, creciendo silenciosamente, alimentándose de mi bienestar, de mi confianza, de mi propia imagen reflejada en el espejo. No entendía lo que estaba pasando. Sentía que algo cambiaba, que una parte de mí se desvanecía lentamente, como un color desteñido por el sol. Buscaba respuestas en mi rutina diaria, en mis hábitos, en las personas que me rodeaban. Nunca se me ocurrió mirar más cerca, justo al lado, en la sonrisa amable y los ojos aparentemente preocupados de la persona que siempre estaba ahí. Porque a veces, el veneno más letal se disuelve en la dulzura de la amistad, y la mano que acaricia es la misma que, en secreto, deshoja la flor de tu belleza, pétalo a pétalo, hasta dejar solo un tallo frágil y vulnerable. Este es el relato de cómo mi reflejo se fragmentó, no por un golpe repentino, sino por la erosión constante de una envidia silenciosa, tejida en el tapiz de una amistad que creía inquebrantable. Y al final, solo quedaron los pedazos rotos, revelando una verdad tan oscura como la noche más p

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