Jamás tuve en mi vida ningún tipo de vicio. Nunca me atrajeron las drogas, el alcohol en exceso o un tipo de postre en específico, pero Peter se había convertido en uno del que era muy consciente que no podía parar. Sentir sus manos, su piel, su respiración sobre mi cuerpo era tan adictivo. Como cualquiera de esos vicios. Y tan dañino a mi cordura que a veces, cuando lo veía de pie desnudo frente a mi, después de entregarnos tanto en pocas horas, sabía que necesitaría mucha ayuda para desentoxicarme.
La mente y el cuerpo.
Luego, como si nada, cada uno tomaba un camino distinto y quizá sea probable que de seguir así se creen afectos, después de todo somos humanos y el contacto tan poderosamente atrayente sexual que compartíamos siempre estaba llevándonos al límite.
No era amor, era una locura.
Él tendría su mecanismo, no lo sé y no se lo preguntaría ni le pediría que me enseñara, porque ya tenía suficiente como para no olvidarlo jamás.
Y porque yo tenía el mío.
Para mi Peter era la libertad, el placer de deshinibirse y que mi cuerpo flotara al tiempo de que mi mente enloquecía. Me enseñó a tenerlo sin tabú, me entregó su cuerpo a voluntad con el desenfreno que debería poseer cualquier buen amante, y no me permitía siquiera por un momento tener el pensamiento egoísta de que fuera sólo mío.
Existe un antes y un después de haberlo conocido.
Estaba convencida de que como me tocaba lo hacía con cualquier hombre, o mujer, o simplemente lo que le provocara y por extraño que parezca estaba bien con ello.
A veces lo imaginaba en otros brazos, me gustaba así.
Era mi completa debilidad, él debía dejarme yo era incapaz de negarle nada.
Apenas me sonreía y me miraba con esos ojos brillantes estaba dispuesta a ceder y a hacer lo que sea a placer. Tenía que admitir que estaba total e indiscutiblemente loca por él y lo único que deseaba era disfrutar los días que me concedía, porque alguno de estos sin que me diera cuenta... s
Tres almas, un destino. Dos hombres, un amor. Una pasión que trasciende la distancia y el tiempo.
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