Un buen día a Adriel le surgió una grandísima idea: crear una hermandad. Pero no una hermandad masónica ni sacramental, sino una hermandad que recogiera a personas como él, personas que de una forma u otra tuvieron que marcharse de sus hogares. ¿Y para qué? Además de querer brindarles refugio y comida, anhelaba crear un grupo donde sus miembros pudiesen fomentar y compartir principios, ideales, valores, gustos, compañía, cariño y amistad.
¿Y lo logró? Pues sí, el más versado de todos cumplió su cometido y llegó a nombrarlo: Los exiliados.
Todos los derechos reservados