No se han ido

No se han ido

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WpMetadataNoticeÚltima atualização sáb, fev 7, 2015
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Ficção
Paranormal
"La heredera Giacometti no era más que una pregunta sin respuesta, un suspiro de boca de quien solo se atreve a ver el alma, pero no escucharla, tarea inútil, pues la señorita Nina no tenía alma. Ya no. Se había ido con Celestine. Mientras que el desquicio de su madre comenzaba a cobrar con su salud, y la hacienda de la familia era sorbida por el espíritu avaro de las otras, la pequeña se encerraba en su cuarto, en el que solo había una silla y cientos de trazos dibujados sobre las paredes; y cantaba. Algo estaba teniendo lugar en esa casa".
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La oscuridad tenía su propio idioma. Una entidad viva que respiraba entre las sombras. Sebastián Hidalgo había pasado años esquivándola, negándose a aceptarla, aunque su vida entera había estado marcada por su presencia. Todo comenzó con la desaparición de su hermana Ana. Él tenía dieciséis años cuando ella se esfumó sin dejar rastro. La casa que una vez fue cálida se convirtió en un mausoleo de recuerdos. La risa de Ana dejó de llenar los pasillos. Su madre se hundió en la desesperación, su padre se aferró a la religión. Pero Sebastián buscó respuestas en otro lugar: lo oculto. A lo largo de los años, estudió textos prohibidos, viajó a lugares olvidados y se sumergió en las sombras que su familia evitaba. Encontró testimonios de desapariciones similares, relatos de aquellos que aseguraban haber oído voces en la noche. Todo lo condujo hasta aquí: una iglesia en ruinas, un altar profanado y un grimorio con páginas que latían como si tuvieran vida propia. El aire estaba pesado, cargado de un silencio antinatural. Sobre el altar, Sebastián dispuso los elementos del ritual: cuatro velas negras, una copa de ron, cenizas de sacrificios pasados. Su mano temblorosa pasó cada página del libro hasta encontrar la frase que sellaría su destino: "Aquellos que descienden al abismo no regresan intactos. Pero tú, mortal, ¿qué elegirías? ¿La paz de lo conocido o el eco siniestro de lo que perdura?" Encendió las velas y sintió un escalofrío recorrer su espalda. Luego, con el cuchillo ceremonial, hizo un corte en su palma y dejó que su sangre cayera en la copa. Sus labios pronunciaron las palabras prohibidas. El aire vibró. Al principio, fue un murmullo lejano, un eco de voces que no pertenecían a este mundo. Luego, la oscuridad pareció palpitar, como si algo antiguo despertara en su interior. Las llamas de las velas parpadearon y se extinguieron de golpe. Un frío antinatural lo envolvió. Y entonces, la escuchó. -Sebastián.

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