Todas las familias de la nobleza guardan sus propias tradiciones: algunas más crueles, otras revestidas de elegancia, pero todas teñidas de poder. Los Jeon, sin embargo, iban más allá.
Se decía que, antes de cualquier unión matrimonial, los hermanos del futuro esposo debían "probar" al prometido. Una tradición tan antigua como retorcida, justificada como un acto de preparación y purificación. Nadie se atrevía a cuestionarla.
Park Jimin lo sabía. Desde el momento en que fue prometido a Jeon Namjoon, supo que no se pertenecía más.
Ahora, de pie frente al altar, su cuerpo temblaba no solo por el frío que recorría el mármol, sino por los rastros indelebles que Jungkook y Taehyung habían dejado en él esa mañana. Su andar era lento, casi tortuoso. Cada paso lo hacía más consciente de la humedad que le escurría por los muslos.
Namjoon lo esperaba, imperturbable. Como si no supiera. Como si no imaginara la escena que sus hermanos habían protagonizado.
Y, sin embargo, allí estaba Jimin. Con las mejillas encendidas, con el alma rota en silencio, caminando hacia su destino bajo los ojos complacidos de la nobleza.
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