Cuando eres joven sientes demasiado. Todo lo que pasa alrededor te afecta el doble de lo que debería hacerlo. Si estás triste, intentas no llorar ni mostrarte débil, hasta que llega un punto en que no puedes más y sueltas todo lo que llevabas dentro, explotando. Cuando estás contento te pones tan energético que ni siquiera te detienes a pensar en que quizá esa alegría durará poco tiempo. Si estás enojado, estás tan cegado que por impulsos tu boca suelta palabras en las cuales tu cerebro nunca antes pensó. Y cuando te enamoras... Cuando te enamoras sientes que el mundo es de colores, piensas todo el día en tu enamorado, imaginas escenarios en los cuales están juntos teniendo la vida que siempre soñaron, te pones a pensar en todas las distintas realidades en las cuales eres feliz junto a él, te dejas guiar por gestos que exageras demasiado y que quizá son realmente insignificantes. Amas con intensidad, por más que la otra persona no lo merezca. Y cuando te das cuenta de ello, el mundo que tanto imaginaste se cae a pedazos encima de ti. Eso fue justamente lo que me pasó a mí.
More details