Salimos del laberinto, pero ¿a qué costo? Sobrevivir al Laberinto parecía el final de todo, el momento en que podríamos recuperar nuestras vidas. Pero estaba equivocada. El desierto era peor. El calor abrasador y el aire seco se sentían como una sentencia de muerte, y las amenazas que acechaban en cada rincón nos hacían desear volver a las paredes frías del lugar que tanto odiábamos. Nunca imaginé que escapar del Laberinto significaría enfrentar algo tan diferente, algo aún más cruel. Y entonces, cuando creía que lo había visto todo, descubrí algo que no esperaba: nuevas personas. Rostros que no recordaba y que volvería a ver, que parecían arrancados de un pasado. Cada encuentro trastocaba lo poco que creía saber. Salir del Laberinto no solo nos liberó, nos mostró que el mundo era más grande y mucho más peligroso de lo que habíamos imaginado.
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