"Tu eres mía, tu eres mi posesión y mi obsesión nena" - da la casualidad que es totalmente cierto, desde el primer día que vi esos ojos esmeralda y esos oyuelos traviesos.
"Tendrás malos recuerdos, pero yo te haré tener los mejores y los más divertidos, no los olvidarás, no conmigo"- él sabe que es verdad, yo lo sé, pero maldigo el día en que le dije toda mi vida.
"No te librarás de mi, nunca"- en cierto modo me da miedo, pero ojalá sea así siempre.
Anoche pensé en él. Recordé las palabras que me dedicó alguna vez "Tú eres todo lo que necesito para estar bien" "Eres mi familia" "Nunca te dejaré".
Recordé las caricias, incluso su mirada.
Me acuerdo a la perfección cómo nos conocimos: en aquel triste y frío orfanato donde lo ayudé a reinventarse. Entonces llegaron las lágrimas a mi cuerpo, pero sólo porque pensé en las risas, los juegos y esos bellos atardeceres de nuestros paseos sin rumbo.
Quizá no lo teníamos todo, pasábamos por muchas necesidades. La comida, los abrigos y el dinero escaseaban, pero teníamos amor por demás.
Lo único que nos reconfortaba era que nos teníamos el uno al otro sin importar qué y siempre sería así.
O eso creí.
No puedo dejar de martirizarme con la cuestión: ¿cómo es que no noté las señales antes?
Supongo que sus promesas nunca fueron sinceras.