Magdalena no tiene la vida que imaginaba. Tiene turnos eternos, una habitación pequeña en Londres... y una extraña costumbre: arreglarlo todo con magdalenas. Trabaja en una residencia donde los días pesan y las despedidas llegan sin avisar. Aun así, siempre sonríe. Siempre cuida. Siempre da más de lo que recibe. Porque rendirse no es una opción. Hasta que aparece Aaron. Arrogante. Imposible. Demasiado atractivo para su propia paz mental. Y con la irritante habilidad de ver en ella algo que nadie más ve. Lo que empieza con discusiones y pullas se convierte en algo mucho más peligroso: miradas que duran demasiado, silencios que dicen más de la cuenta y una química que no entiende de normas. Magdalena no quiere enamorarse. No ahora. No así. No cuando su vida ya es un caos perfectamente organizado. Pero hay sentimientos que no se pueden controlar... igual que una receta que se tuerce en el último minuto. Entre risas, secretos y dulces que esconden más de lo que parecen, Magdalena descubrirá que, a veces, la vida no se trata de sobrevivir... sino de atreverse a sentir. Y quizá, solo quizá, el amor también tenga su propia receta.
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