El rugido de los motores todavía retumbaba en los oídos de Brian cuando marcó el número. Diez años. Diez años sin pedirle nada, y ahora tenía que llamar a su hermano menor no para un favor cualquiera, sino para meterlo en la boca del lobo. La pandilla de Dominic Toretto no perdonaba intrusiones, y él estaba a punto de enviar a Noah directo al centro del aquelarre de asfalto y gasolina. Noah dejó caer la mochila en cuanto vio el ID en la pantalla. Descolgó con el corazón en un puño, esperando la típica bronca o el sermón de hermano mayor arrepentido. Lo que nunca imaginó es que la llamada terminaría con él infiltrado en un garaje clandestino, rodeado de desconocidos con más tatuajes que neuronas, y maldiciendo en silencio.
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