Tinieblas amarillas

Tinieblas amarillas

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WpMetadataNoticeZuletzt aktualisiert Di., Feb. 24, 2015
Entre tinieblas amarillas se vislumbra una casa. No tiene escaleras entre un piso y otro. Luciana se ve a sí misma en el interior de esa casa. Recorre cada una de las habitaciones sin alcanzar a mirarse nunca en un espejo. Cuando Luciana dobla en la esquina de un muro blanco aparece ante ella una mujer que, por alguna razón, sabe que es su hermana. La mujer es tan alta y alargada que casi alcanza el techo y Luciana tiene que pararse de puntas para ver dónde termina su cabeza. Las dos recorren la casa sin poder mirarse en un espejo, porque no hay ninguno. Encuentran a dos hombres altos vestidos de negro. Los cabellos de ambos son también negros, pero sus rostros están borrosos, como vistos por un miope desde lejos. Luciana tiene la certeza de que los hombres son gemelos y de que no estaban antes en la casa. Han venido de alguna manera desde algún lugar. Pero ahora lo sabe: son sus hermanos. El tiempo se ha detenido y las otras tres figuras que se encuentran con Luciana en la habitación están inmóviles, mudas; sólo se escuchan sus respiraciones lentas, terregosas, como si respiraran a través de un tubo. Entonces en el marco de la puerta corrediza aparece una niña. Las tres figuras y Luciana se sobresaltan al principio, pues la niña ha surgido de improviso entre las tinieblas amarillas. La niña sonríe apretando los dientes de tal forma que su expresión semeja más una mueca felina. Pero no hay por qué sobresaltarse. Luciana ha recordado que la niña es su tía. Cualquiera habría pensado que era un espectro, pero no, esa es la última posibilidad. No es un espectro, así haya aparecido de repente en el marco de la puerta corrediza que da al jardín oscuro. La niña-tía no se mueve, sólo gira la cabeza de un lado a otro, como el mecanismo descompuesto de un muñeco. Luciana se paraliza: no ocurre nada más, y entonces la visión se desvanece en las tinieblas amarillas de esa casa sin escaleras y sin espejos.
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(Portada hecha por Sambiy371) En un pequeño pueblo donde el tiempo parecía haberse detenido, el atardecer se alzaba como un poema en el cielo, una sinfonía de colores que danzaban entre el fuego y la calma. A medida que el sol se deslizaba hacia el horizonte, el firmamento se vestía con suaves tonalidades de oro y carmesí, un espectáculo vibrante que prometía un final digno de ser recordado. Para Yellow, observador del mundo a través de lentes de lógica y seriedad, el ocaso era un susurro de melancolía. Cada rayo que se desvanecía traía consigo ecos de despedidas pasadas, convirtiendo el atardecer en un espejo de sus propios anhelos no cumplidos. En contraste, Red, con su alma libre y su risa contagiosa, contemplaba el mismo horizonte como un lienzo de posibilidades infinitas. Para él, cada ocaso era un canto a la aventura, un preludio a la noche llena de sueños aún por descubrir. En su universo de luces y sombras, cada despedida insinuaba la llegada de un nuevo comienzo, una invitación a explorar lo desconocido. A pesar de sus corazones disonantes, Yellow y Red se encontraban en ese mágico instante donde el día se funde con la noche. Aunque sus almas eran como dos colores opuestos en una paleta, el atardecer se convertía en su refugio secreto, un rincón donde las palabras aún no dichas comenzaban a danzar en el aire. En ese espacio sagrado, la belleza del ocaso les ofrecía un vistazo a lo que podría ser: un vínculo inesperado que florecería entre risas y susurros, entre la lógica y el sueño. Mientras el sol se ocultaba lentamente, el futuro de Yellow y Red permanecía en suspenso, como un verso a medio escribir. Sin saberlo, se adentraban en un viaje de autodescubrimiento, donde el ocaso no solo traería despedidas, sino también la promesa de un nuevo amanecer, un despertar que cambiaría para siempre la forma en que ambos veían el mundo y, sobre todo, cómo se veían.

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