Ashley siempre se perdía imaginando cómo sería vivir en el mundo de su anime favorito: Naruto. Soñaba con recorrer las calles de Konoha, discutir con Naruto, intercambiar miradas silenciosas con Sasuke, reír junto a Sakura e Ino, y entrenar bajo la atenta mirada de su admirado Kakashi. En su mente, aquellas escenas parecían tan reales que, por un instante, olvidaba el mundo al que realmente pertenecía.
Pero cada mañana despertaba enfrentándose a la misma verdad: todo aquello era imposible. Solo eran sueños. Fantasías creadas para escapar de una realidad de la que no podía huir.
Aunque el destino -o quizá el propio universo- tenía otros planes reservados para la pequeña Ashley.
Porque una noche, después de quedarse dormida abrazando uno de sus viejos tomos de Naruto, Ashley volvió a abrir los ojos... pero esta vez algo era diferente. El aire olía a madera y tierra húmeda, el murmullo lejano de las calles resonaba tras la ventana y, a lo lejos, podía distinguir las enormes caras de piedra de los Hokages observando la aldea.
No estaba soñando.
Ashley había despertado en el mundo que siempre había considerado imposible.
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